Saber una cosa no requiere mucho esfuerzo: la feria del libro no es un evento cultural, sino un fenómeno cultural de masas. Esto significa que no es un espacio que permita formas ni ortodoxas ni alternativas de acercarse a la "cultura letrada", sino que es un recinto gigante, sin referencias con el mundo exterior, repleta de stands de editoriales cuyos libros los compra la gente que no lee. Esta es una buena definición de mi compañero Javier. La feria del libro tiene menos que ver con la cultura que con el shopping center, con un partido de fútbol, con el discurso publicitario y con la exposición televisiva, todas cosas de las cuales la feria toma alguna característica.
Lo primero que se nota es que la feria del libro congrega a gente muy rara. Entre la gente rara hay personas relacionadas al mundo de la cultura: escritores, editores, periodistas. Todos ya de por sí con una relación un poco conflictiva con las formas normales de conducirse en sociedad, suelen deambular un poco perdidos, cometiendo todo tipo de errores, tropezándose, provocando maniobras incómodas y molestas en las aglomeraciones de gente que se forman todo el tiempo en los stands y en los pasillos, haciendo preguntas difíciles de interpretar a los vendedores, etcétera. También hay gente rara sin más. Freaks: tipos que no entienden bien el mundo y que, por ejemplo, deciden salirse a la mitad del tubo rojo que conduce a la feria, con la convicción de que es por ahí que se hace el ingreso. ¿Cómo alguien puede perderse en un tubo rojo gigante que sólo habilita el paso en una sóla dirección? Bueno, yo lo vi. Lo vi dos veces. Este tipo de gente, rara a secas, es indiscernible de los escritores, editores y periodistas.
También hay señoras paquetas, nenas chetas y familias de clase media que deciden, en vez de salir a cenar a Los Chanchitos, ir a la feria del libro. De todas estas clases de gente, yo concurro a la feria en calidad de nena cheta. Por lo demás, lo que ocurre en la rural en estos momentos no puede ser definido excepto como una cosa amorfa y megalómana, insoportable y sin sentido. Lo que la anima son las razones inasibles que impulsan las acciones colectivas: una especie de lógica autónoma de toda condición de realidad, como los cacerolazos en contra del campo o las agarradas a piñas masivas a las salidas de los boliches chetos.
Una prueba de esto es la cola enquilombada que se formó en dirección al stand de Dunken, donde un autor firmaba ejemplares. En algún punto, no se si puedo evitar pensar que es pura irracionalidad (incluso contra mi matriz insoportablemente sociológica): que la mayoría ni leyó el libro ni sabe quién es el que firma ejemplares, y que nomás se mandó a ver que onda. Distinto es el caso, por ejemplo, con Cielo Latini, que se cansó la mano de ponerle gancho al éxito editorial Abzurdah. Incluso yo me acerqué a que me firmara mi ejemplar, recomendándole el retorno a los desórdenes alimenticios, porque se la notaba un poco gordita y saludable.
Apenas llegué me intenté robar Museo de la Revolución, de Kohan. Me dijeron que es de sus novelas menos bobas. No tuve suerte: me agarraron. Contra todo pronóstico, sin embargo, no me mandaron a la seccional esposado en lancha, sino que me reprendieron. "Dale, dejate de joder, sos grande para hacer estas pelotudeces". A pesar de ser pobre –le contesté al tipo de Sudamericana— tengo el mismo derecho que un rico de acceder a la cultura. Pero no le importó en lo más mínimo. Tuve que devolver el libro y me inhibí de volver a intentar enriquecer mi universo simbólico mediante artimañas ilegales.
Por suerte algo calmó mi desasosiego: las minitas. Hay mil y están todas buenas. De las promotoras uno acepta que le dejen una infinidad de volantes y papelitos, publicitando promociones infames. A una le sonreí, le dije "gracias". Le pregunté si estaba muy podrida de estar volanteando en la feria. Como sí estaba re podrida, no me dio ni pelota y me contestó para el orto. Es obvio que se la habrían querido chamuyar doscientos cincuenta pibitos antes que yo, más lindos, más inteligentes o ambas cosas. Por ende, las chicas están ahí sólo para empalagar los ojos, como todas las que están buenas en el mundo.
Las de Fernet –un clásico de la feria— tienen pelucas verdes. El primer pensamiento es que estaría buenísimo garcharse a una mina con una peluca verde flúo. El segundo es que pobres, cuán denigrante estar ahí sirviendo Fernet con pelucas verde flúo a un conglomerado infame de adolescentes que hacen chistes impresentables sobre el alcohol, tipo: "eee, dame un fernee". De todas formas, uno se da cuenta rápido que lo que parecía un aspecto favorable de la feria (que haya fernet gratis) es una vil mentira: hay sólo branca menta, el brebaje más abyecto en la historia de las bebidas, después quizás, del blue corazao. Mi paso por la feria, evidentemente, estuvo lleno de desgracias.


2 comentarios:
Ahora olvidate que te publiquen algún día en Sudamericana: caíste en su lista negra de ladrones de Kohan.
muy bueno!
abrazos,
anac
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